.ahora o nunca.

La traviesa Aislin (5)

El sol se había puesto hacía horas. La luna brillaba en lo alto del firmamento, poderosa, blanca, pura. Aislin bostezó y miró a su alrededor. No había encontrado mucha diversión esa noche. Casi era medianoche, lo normal hubiera sido encontrarse en medio de una multitud de gente con ganas de fiesta, sexo y alcohol. Pero Aislin se encontraba tumbada en la arena de una playa desierta, sintiendo el agua lamiéndole los dedos de los pies, los pequeños granitos arañándole el cuerpo, escuchando el sonido de las olas al romper contra la playa...Unas voces la sacaron de su sopor. La hembra se incorporó y escuchó atentamente. Su instinto le decía que podía encontrar una buena presa para divertirse esa noche. Al parecer, no iba a ocurrir que se aburriera en el mundo humano. Esperaba que no llegase el día.

 

Apareció en medio del bullicio de una enorme ciudad. La gente bailaba, reía, coqueteaba, se manoseaban...Ella casi pasaba desapercibida. Aislin sonrió. Casi. Se había aparecido con un vestido rojo ajustado, muy corto, y sus pies enfundados en unos vertiginosos zapatos de tacon negros. Dio un paso y tres pares de ojos se fijaron en ella, sonriendo con aceptación, con lujuria...con deseo. Se puso a andar en dirección a la barra y a cada paso más y más personas la miraban con evidente adoración. Le encantaba el efecto que producía tanto en hombres como en mujeres. Una fémina se le acercó moviendo las caderas, su larga melena rubia le llegaba a la mitad de la espalda y su vestido negro semitransparente le tapaba poco más que el trasero. Le sonrió insinuante y Aislin le devolvió la sonrisa. Se volvió al camarero y pidió una copa. Al darse la vuelta, la mujer estaba enrollándose con un hombre alto y musculoso, bastante atractivo. Con la intención de ir a buscar diversión en otra parte, y sin sentirse ofendida en absoluto, Aislin cogió su copa, pero la pareja despegó sus labios y la miró en una clara invitación. La hembra sonrió y agradeció a la noche por esos dos especímenes que le había ofrecido.

 

Dos minutos. Dos miserables minutos antes de quedar condenado a pasar toda su vida en esa mierda de mundo. Había seguido el rastro de Aislin, casi había gritado de alegría cuando la había encontrado en la playa, sabiendo que si se aburría podría convencerla de volver pero justo en el momento en que iba hacia ella, desapareció. Y apareció en esa sala llena de gente magreándose. Por lo menos una docena de mujeres ya se le habían insinuado. Y él se estaba cansando. Con tanta gente, no conseguía localizar...Y entonces la vio. Sus pequeñas pero elegantes manos acariciaban los cuerpos de una mujer y un hombre. Estaba besando a la mujer mientras el hombretón le mordía el cuello. Zacharias apretó los puños y se dirigió hacia ellos.

 

Aislin estaba disfrutando de lo lindo con esos dos humanos, apretando las duras nalgas del hombre o acariciando los suaves pero firmes pechos de la mujer. Pero unas voces de féminas la sacaron de su burbuja de placer.

 

-Mi amor...¿no estás libre esta noche?

-¿Tienes novia, macizorro?

-Te aseguro que no te arrepentirás...

 

Las mujeres ronroneaban alrededor de un hombre y Aislin no pudo evitar la tentación de saber quién era. Estaba llamando incluso más la atención que ella. ¿Quién podía ser? Se apartó de la pareja y les dejó entretenidos mientras ella se acercaba al aglomerado de gente. Entonces pudo ver un gran pecho cubierto por una cazadora de cuero. Alzó la mirada para encontrarse con la cara de quien ya se imaginaba que era. Sólo un macho podía atraer esa atención y resultar inmune a los halagos.

 

-Zacharias- su voz casi sonó débil. No se esperaba verle allí. ¿Habría venido por ella?

-Aislin- su ceño estaba más fruncido que nunca. La cogió del brazo y tiró de ella- Nos vamos.

 

El tono autoritario e irascible con el que pronunció esas palabras sacó a Aislin de sus casillas. Se revolvió y se enfrentó a él.

 

-Tú no me dices lo que tengo que hacer- se zafó de su brazo y cruzó los suyos en el pecho.

-Debes ir a casa, Aislin- le dijo en un susurró- Si no, te arrepentirás el resto de tu vida.

-Vamos, Zac, ni siquiera es medianoche.

-Quedan cinco minutos.

-Exacto. Sería una deshonra para mí. A medianoche empieza la verdadera diversión- puso la voz ronca, ronroneante, y le acarició el brazo. Zacharias la apartó furioso, la miró impotente, respiró hondo y apretó la mandíbula. Odiaba cuando Aislin fingía ante él.

-Te lo diré por última vez, Aislin. Vuelve a casa. Ahora- Zac abandonó la furia y la miró solemne. La hembra echó el pelo por encima de la cabeza.

-No me apetece. Te lo diré por última vez, Zac. ¡Nadie me da órdenes!- y se dio la vuelta, altanera, perdiéndose entre la multitud.

-Que así sea, entonces- dijo Zac por lo bajo. Se dio la vuelta y salió de ese apestoso cubículo.

 

 

Aislin había decidido ir andando hacia la playa. Le encantaba caminar sobre la arena. Le hacía cosquillas en los pies. Llevaba los tacones en la mano, pues los pies se le habían quedado muy cansados después de... La hembra se paró en seco. Ella nunca terminaba cansada. Siempre aguantaba con los tacones toda la noche. Sus poderes se lo permitían. Podía aguantar mejor el dolor que los humanos...Aislin frunció el ceño y sacudió la cabeza. Esa noche había sido agitada. El encontrarse con Zacharias la había alterado y había multiplicado las cosas por tres, por lo que encontró parcialmente normal eso de estar más cansada de lo habitual. Una ola le lamió los dedos de los pies y Aislin sonrió. Caminó un poco más por la orilla y luego se sentó con una pesadez impropia de ella en la arena seca. Se recostó y cerró los ojos, cansada. Pensó en su gran cama con dosel, en la paz de su mundo, y sonrió. Era hora de volver a casa.

 

Abrió los ojos con fuerza. Normalmente, con sólo pensar en ello simplemente se desvanecía y aparecía en su mullida cama. Tocó la arena con la punta de los dedos y notó que tenía la ropa húmeda y que estaba empezando a tiritar. Ella nunca tenía frío. ¿Qué estaba pasando? Se incorporó sobre los codos e intentó concentrarse para cambiarse de ropa. No consiguió nada. Se cogió la cabeza con las manos y comenzó a respirar entrecortadamente. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué no tenía sus poderes? Recordó las palabras de Zacharias. ¿Tenía él algo que ver en todo aquello?

 

-Mamá. ¡Papá! Dadme una explicación. Os lo ruego. ¡Maldita sea!- dio una patada en la arena y se echó, dejando las lágrimas caer por sus pálidas mejillas.

 

Aislin escuchó el sonido de unos pasos amortiguados por la arena. No eran pompas de jabón. Se acercaba un humano. Y no tenía intención alguna de soportar presencia humana. No en ese momento de frutración y desconsuelo. Se secó las lágrimas y giró la cabeza, alzando con altanería la barbilla. Abrió la boca, ahogando un grito de sorpresa, se levantó al vuelo y se quedó de pie frente al humano. Un humano desconocido y al mismo tiempo al que conocía muy bien.

 

-¿Qué haces tú aquí...así?- ella sabía que él la entendería. Zacharias tenía una expresión indiferente en el rostro. Se le veía tranquilo, justo lo contrario a ella.

-Las cosas han cambiado. Te advertí.

-¿De qué estás hablando, Zac?

-Se te ha dado la última oportunidad. El consejo ha decidido. Si tanto te gustan los humanos, te quedarás con ellos. Para siempre.

-¿Qué?- gritó Aislin, y movió las manos de un lado a otro, colocándolas en su cabeza-¡Maldita sea! ¡No me han dado a elegir!

-Te han advertido un millar de veces, y no has hecho caso. Siempre respondías con lo mismo. Te gustaba este mundo. Así que te han permitido quedarte en él.

-¿Para siempre? Joder, Zac. Una cosa es diversión y otra distinta es estar atrapada en este mundo.

-Lo siento, Aislin. Pero esta es la realidad.

 

Aislin se quedó callada, digiriendo las palabras de Zacharias. ¿Una vida humana? ¿Para siempre? Los escalofríos la estaban atormentando. La humedad de la arena le había calado los huesos, y la frustración que en ese momento sentía amenazaba con hacerla explotar. Era una jodida locura. No sobreviviría en ese mundo. No lo aguantaría. Tenía que haber una solución. El consejo la perdonaría y la dejaría volver. Sí, tenía que ser eso.

 

-¿Y tú?

-¿Y yo, qué?- preguntó el hombre.

-¿Qué haces aquí? ¿También has sido condenado?

-Algo así. Pero no de la misma manera que tú- y dicho eso, se giró y dio media vuelta. Aislin no le llamó, no tenía fuerzas para ello. Sólo sabía que no podía volver a su mundo y que Zac estaba atrapado con ella. ¿Qué sería de ellos?

 

¿Ellos? Aislin no sabía si reír o llorar al pensar en que hacía unos días había creído que Zac y ella podían ayudarse mutuamente. No le había vuelto a ver. Era como si se lo hubiera tragado la tierra. De lo que estaba segura era de que él no había vuelto a su mundo. Seguía allí, con los humanos. Quizás en una orgía con cuatros rubias. Aislin apretó los puños y se mesó el cabello. Los últimos días había dormido en un buen hotel. Aunque ella le borraba la memoria a los humanos con los que se relacionaba, estos seguían de alguna manera ligados a ella. Una mujer con la que hacía unos meses había tenido un apasionado encuentro era la encargada de un hotel y, ya que tenían solamente una habitación sin alquilar, decidió amablemente (aunque la persuasión de Aislin había contado bastante) prestársela por unas noches.

 

Pero las noches habían pasado, y la guapa mujer le dijo en un tono amable pero firme qu debía irse cuanto antes. Aislin bufó y se echó el pelo hacia atrás. Había permanecido escondida del mundo. Maldita sea. No tenía dinero, ropa, ni un techo donde dormir. ¿Cómo querían que se las arreglara? Todavía le quedaban unas horas en la habitación, así que iba a darse un largo baño caliente. Y cuando ella decía largo, eso era exactamente. Largo. Ojalá les pudiera dejar sin agua, por avariciosos. Canturreando, se preguntó cuánto tiempo más tendrían pensado castigarla por su amor a los humanos. Decidió que no mucho más. Habían pasado cuatro largos días. Seguro que sus padres la echaban terriblemente de menos.

 

El sonido del timbre la sacó de sus pensamientos. Sonriendo, se levantó de la bañera, se puso un albornoz medio abrochado, dejando entrever gran parte de su escote y abrió la puerta. El botones la miró con la boca abierta y ojos desorbitados. Aislin sonrió con picardía. Pero el chico le dejó el paquete en las manos y se alejó por el pasillo casi corriendo. Frunció el ceño y cerró la puerta. Si eso le hubiera pasado hacía cinco días, ese chico no había vuelto al trabajo. Se habría quedado complaciéndola. ¡Maldita sea! ¿También era parte de la magia su encanto? No podía ser. Siempre se había considerado una mujer atractica, sensual, mágica. Joder. Necesitaba la seguridad de su magia. Se tiró en la cama y aguantó las ganas de llorar. Jodidas lágrimas, aparecían a cada hora. Abrió el paquete y frunció el ceño. Dos pares de vaqueros, un suéter, una camiseta, unas zapatillas de deporte y una cazadora. Y encima de todo un sobre con doscientos euros. Olió la ropa. Olía a nueva. Pero ella pudo detectar algo más. Olía a Zac.

 

Una nota al final del paquete le confirmó sus sospechas. Aislin apretó la mandíbula y la tiró a la papelera en cuanto la leyó. Maldita sea, maldita sea....

 

Poco a poco se irá acabando la suerte, te aconsejo que te "pongas las pilas" y te busques ya un trabajo que te dé de comer. ¿Creías que era un juego? ¿Una broma del consejo? Bienvenida a la cruda realidad. Bienvenida al mundo humano, pequeña.

 

El grito de rabia escuchó en el pasillo, asustando a la encargada de la limpieza. Aislin se metió de nuevo en la bañera y se sumergió por completo. Quizás si se ahogaba ahora impediría todas las penurias que sabía le aguardaban.

 

 

La traviesa Aislin (4)

Aislin despertó de golpe, sobresaltada. Los golpes en su puerta eran tan fuertes que la habían despertado. Y su intuición le decía quién era. No le invitó a que pasara. A los cinco segundos la puerta se abría con gran estruendo.

 

-Te advertí, una y otra vez, que no bajaras al mundo de los humanos- se acercaba a la cama con paso furioso, ya curado de sus heridas- ¡Y menos que interfirieras en sus vidas!- quedó quieto, de pie, junto a su cama, mirándola furioso.

 

-Y yo te contesté que necesito eso para sobrevivir. Me gustan los humanos- contestó obstinada.

 

-Hoy has corrido serio peligro. No volverás a bajar al mundo humano.

 

-¡Porque tú lo digas, bravucón!- gritó ella levantándose furiosa de la cama, desnuda, y golpeándole en el pecho con los ojos encendidos.

 

-Sí, porque yo lo digo.

 

-¿No me escuchaste la pasada vez que viniste? Que te den, Zac.

 

-¿Qué vocabulario es ese, Aislin?- su padre estaba en la puerta, mirándola con cara de decepción. Aislin enseguida se puso una túnica, con un movimiento de su mano, y se inclinó ante el rey. Zac se mantuvo al margen, observando a padre e hija- Deberías escuchar a Zacharias. La próxima vez que desobedezcas, se te castigará duramente. Y, a la larga no te gustará. No nos gustarán a ninguno las consecuencias. Piensa en ello, Aislin- y tras darle un beso en la coronilla se fue con paso majestuoso. Zac le siguió, no sin antes echarle una intensa mirada.

 

Aislin no se lo podía creer. No le gustaba decepcionar a su padre, pero lo superaría. Y el castigo no sería para tanto...Se aburría enormemente, necesitaba alejarse de ese sitio en el que solo pensaba en un hombre corpulento y moreno que la hacía encenderse con cada mirada.

 

 

 

Le había dejado. Dos años con ella y la encontraba en la cama con su mejor amigo. Y, para encima, ella era la que le había dejado a él. Se sentía el más fracasado entre los fracasados. Maldita fuera. Daría lo que fuera para que se le colgara del brazo una mujer despampanante y pudiera salir con ella para que les viese la gilipoyas de su exnovia. Para que se muriese de envidia. Sería una hembra alta, con piernas largas, melena al viento, ojos exóticos...

 

El sonido de pompas de jabón sacó a John de su ensimismamiento. Miró hacia atrás y la vio. Alta, erguida, perfecta. Piernas de vértigo, mirada lujuriosa, pechos altos y redondos... La chica con la que había estado soñando minutos antes. Abrió y cerró los ojos pensando que todavía no se había despertado, pero la mujer seguía allí.

Aislin sonrió y le tendió la mano a John. Tocaba jugar, tocaba mover ficha.

-Vamos, querido, es hora de que esa zorra se muera de celos.

 

 

 

Zacharias escuchaba a su rey mientras por dentro sentía a Aislin, la escuchaba, la notaba. Estaba en la cama con otro de esos humanos. Maldita fuera. Sólo quería atormentarle, enfadarle, enfurecerle... El padre de Aislin, rey de Drimania, le hablaba en tono solemne y preocupado.

 

-No he podido detener al consejo. A las doce en punto de esta misma noche, los poderes le serán arrebatados a mi hija. No podemos advertirla, no podemos avisarla. Ella decidirá por sí misma. Se quedará en el mundo donde se encuentre a esa hora. Para siempre.

 

Las palabras volvían a reproducirse una y otra vez en la cabeza de Zac. Aislin era obstinada, rebelde y aventurera. Él sabía perfectamente que ella no volvería a medianoche. Se quedaría en el mundo humano para siempre. A medianoche, el consejo cerraría el puente entre los dos mundos, y nadie que no tuviera un permiso expreso podría atravesarlo.

 

Mientras caminaba por encima de las esponjosas nubes blancas, Zac le daba vueltas una y otra vez a lo mismo. Él despreciaba todo lo humano, ¿sería capaz de...?

 

-Zacharias- una suave voz femenina le habló desde la sombra que proyectaba un torreón. La mujer iba encapuchada, pero el hombre sabía perfectamente de quién se trataba. Se inclinó ante su reina.

-Mi señoraa...

-Zacharias- repitió, y le miró con ojos implorantes, llenos de angustia- Van a dejar a mi hija fuera de aquí, en ese mundo...

-Lo sé, Su Alteza, el consejo...

-Ella se meterá en líos, no sobrevivirá. Zacharias...- la mujer le agarró por la solapa de la túnica, llorando desconsolada- Sé que una vez la amaste. No la dejes sola en ese mundo hostil.

-A ella le gusta- dijo con voz fría y dura.

-Ella no sabe lo que quiere. Si de verdad la amas... Sólo te pido...- le dio un medallón en forma de corazón, colgando de una hermosa cadena. Al momento se escuchó al rey llamando a su esposa- Debo irme. Ayúdala, Zacharias. Eres su única esperanza.

 

El hombre apretó la mandíbula y observó de nuevo el mundo al que pertenecía, que le gustaba... Luego cerró los ojos, apretó el medallón y comenzó a andar con paso firme. Le quedaban pocas horas para los preparativos.

La traviesa Aislin (3)

Aislin bostezó con fuerza mientras se estiraba y ronroneaba como una gata. El que la miraba disfrutaba con cada movimiento de la hembra y ella lo sabía. Parecía que le apasionaba provocar esa reacción en el macho. Era encantador.


Aislin abrió los ojos y encontró otros grises, ahumados, mirándola con furia y desprecio. Ella se puso furiosa. ¡Podía sentir, oler, su deseo! ¿Por qué la miraba así entonces? Se levantó bruscamente de la cama, desnuda y se plantó frente a él.


-¿Y a ti qué coño te pasa ahora? Desde luego, cuanto más viejo te haces, más insoportable eres...

-No te pases de la raya, Aislin- le dijo con esa voz ronca y fuerte que a ella tanto la estremecía.

-Entonces dime qué haces aquí, mirándome con esa cara de imbécil enfadado. ¿Qué es lo que he hecho ya?

-Has ayudado, de nuevo, a los humanos- contestó él con voz cansada, ignorando sus insultos, ya acostumbrado a ellos.

-No, te equivocas...-Aislin sonrió traviesa y luego le miró desafiante- Ellos me ayudan a mí. Me ayudan a sacarme del tremendo aburrimiento que es ser lo que soy.

-¿Y qué eres, Aislin?

-¡Nada! ¡No quiero ser nada, joder!- ese macho siempre conseguía enfurecerla sin hacer prácticamente ningún esfuerzo. Y eso la enfadaba aún más.

-Te he preguntado lo que eres, no lo que quieres ser...

-Y yo te digo que he elegido no ser NADA- se dio la vuelta para marcharse de sus propios aposentos cuando él la agarró del brazo e hizo que le mirara a los ojos.

-Tened cuidado, Princesa Aislin. Puede llegar el día en que desearais tenerlo TODO y os encontréis con la nada- dicho esto, el macho imponente se fue con paso firme.

-¡Que te den por el culo, Zacharias! ¿Me escuchas? ¡Que te den!- estaba furiosa. Nunca había llegado a ese extremo. Aislin gritó descontrolada y se desvaneció...

 

...para aparecer con el sonido de una pompa de jabón en una playa paradisiaca. Aislin ni siquiera miró alrededor, sólo se sentó en una hamaca vacía y miró al mar. Donde ella vivía, donde ella debería estar constantemente, no había mar. Tampoco había montañas. Era un lugar maravilloso, esponjoso, como si de una nube se tratara...pero no la hacía feliz. Lo llamaban " el mundo de los sueños" pero para ella era una pesadilla. Y reconocía que se escapaba utilizando el poder que le fue otorgado por ser miembro de la realeza. Sabía que tenía algo así como lo que los humanos llamaban "inmunidad política".

 

Pero Zacharias era un problema. Un jodido problema. Una vez ella había deseado ser su hembra, pasar junto a él toda la eternidad...y le había pillado en el mundo humano en una orgía de tres mujeres. Maldito fuera. Le odiaba. Y encima se imponía sobre ella como si fuese su maldito padre. Aislin sabía que sus padres le enviaban a él creyendo que ejercía más influencia sobre ella...pero le daba igual. Ahora ella disfrutaba con las travesuras, con el sexo con humanos, con lo decadente, con lo mortal...Con todo aquello que no le recordase a su mundo.

 

Mientras meditaba y maldecía a Zacharias en su mente, Aislin divisó un...resplandor? Pero no era un resplandor luminoso, como los normales...era negro, oscuro...Le dio un ataque de risa. Normalmente era ella la que se aparecía a los humanos y no era Aislin la víctima de una aparición. Pero así fue. Un hombre...no, no era un hombre. Un macho, oscuro, con aire peligroso, la observaba desde lo lejos. La suave piel de Aislin se estremeció y encogió las piernas en un gesto defensivo. El macho sonrió y empezó a acercarse a ella. Aislin no podía moverse del impacto que le acababa de producir. Ese macho era igual a Zacharias, aunque sabía que no era él. Cada vez se acercaba más, dejándola clavada en la hamaca, sin poder hacer nada, paralizada por el miedo...

 

-No te haré daño, tranquila, traviesa Aislin...- vio como el macho tendía una mano, a punto de acariciar su rostro...y todo se volvió oscuro y negro. Aislin se despertó en su alcoba, sola e inquieta. ¿Había sido un sueño? No, maldita sea, los de su especie no tenían sueños. Había sido real. Había sido transportada en el último momento, antes de que la oscuridad la tocase. Se levantó de la cama y miró por la ventana. Entonces le vio.

 

Zacharias andaba bajo los arcos del palacio, herido, con las ropas hechas jirones, con paso cansado aunque no por ello menos firme. Parecía agotado...y triste. Miró hacia arriba y la vio a ella. No le dedicó más de dos segundos, algo que la enfureció. Sabía que había sido él quien la había salvado de esa negra oscuridad...y ahora le dedicaba esa indiferencia. Pero, a pesar de su enfado, las preguntas en la mente inquieta de Aislin eran mucho más importantes...¿Por qué el ser oscuro tenía la cara de Zac? ¿Por qué  Zac la había salvado y luchado por ella? ¿Qué tenía que ver ella en todo eso?

 

Zacharias caminaba solo, intentando no mirar hacia la ventana donde descansaba Aislin. Maldita fuera ella y sus travesuras. Él la había encontrado y ahora sabía el punto débil de Aislin: los humanos. La encontraría cada vez que ella se apareciera en el mundo humano, cosa que hacía demasiado a menudo. Su medio hermano, Night, el príncipe de la oscuridad, necesitaba el poder de Aislin, ese punto medio entre el bien y el mal. Con ella en su mano, gobernaría los dos mundos y los haría suyos. De él. De oscuridad. Pero no había sido sólo por eso por lo que Zac había arriesgado su vida pura por Aislin...Simplemente no se podía imaginar su luminoso mundo sin ella. Ella era su luz. Una luz intermitente y roja en ocasiones. Pero era suya. Y pronto se lo demostraría a quien se interpusiera en su camino.

La traviesa Aislin (2)

Una mujer morena, ojos grandes y expresivos, oscuros. Melena larga y ondulada, labios carnosos y brillantes. Sentada en un banco a las afueras de un local. Minifalda, tacones de diez centímetros y top escotado. Observaba, con las piernas cruzadas, con la cabeza apoyada en su mano y con la otra sosteniendo su cigarro. Pero no veía nada. Estaba absorta en su interior. Parecía extraño, que ella, después de tanto intentar y conseguir ser la más popular, la más deseada, la más admirada y envidiada... Después de todo, se daba cuenta de lo vacía que estaba por dentro. No sentía nada. Incluso esa noche, que empezó como una broma y acabó por liar a su novio con una de sus amigas, no sentía nada. Ni rabia, ni dolor, ni odio. Sólo vacío. Ni siquiera su orgullo, ese del que tanto presumía, hacía gala en ese momento. Debía de ser el alcohol.

Miranda echó la última calada a su cigarro y suspiró expulsando el humo grisáceo en mitad de la noche. Cogió la copa que tenía apoyada en el banco, junto a ella, y bebió un trago. Vio salir contentos a su hasta ese momento novio y a su amiga, que la miraron interrogantes y con cara de culpabilidad. Miranda les sonrió y sacó su móvil fingiendo que estaba hablando con alguien.

-Sí, cariño, sola, toda la noche...- dijo al aparato mientras veía alejarse a los otros dos. Su voz se fue apagando y cuando estuvo segura de que ya no la oían, cerró la tapa del móvil. Nada, ni pizca de orgullo.

Se levantó del banco, con su pequeña cartera en la mano. Sacó otro cigarro, lo encendió y comenzó a pasear por la zona. El ruido que producían los tacones resonaba por la calle que, aunque bien iluminada, a esas horas se encontraba bastante vacía. Otra calada.

De repente vio un movimiento, algo luminoso, en la puerta de uno de los almacenes que había por aquella zona de fiesta. No tenía la intención de descubrir qué había sido eso, pero le vino una fragancia que la atrajo de inmediato. Olía a misterio, diversión, entretenimiento...sexo. Se acercó unos pasos al almacén, mientras le daba otra calada al cigarro, insegura de entrar o no. Como si lo que fuera que hubiera allí notara su indecisión, una luz rojiza se encendió dentro, atrayéndola aún más.

Miranda dio un paso y entró en ese almacén...y lo que vio la dejó asombrada. La puerta se cerró tras ella, pero no le dio importancia. Ante ella no se mostraba un viejo y frío almacen, vacío y destartalado. Era un conjunto de salas pequeñas y acogedoras, con sofás, mesas, sillas, sillones, camas...Había una barra de un bar, con una bola de discoteca girando justo encima. Nadie había tras la barra, pero parecía que no hacía mucho que esa barra se encontraba ausente. Las cortinas eran del mismo color que todo allí...rojo. Su color preferido. Pasión. Erotismo. Esa estancia olía, transmitía, esas sensaciones. Lo sentía en cada fibra de su ser.

Miranda sonrió, divertida y a la vez intrigada. Escuchó un ruido a su derecha, donde comunicaba con una habitación. Tiró su cigarro al suelo y lo aplastó. Luego fue a un cómodo sillón y se acomodó en él. Estaba cansada, cerró los ojos.


Aislin observó cómo la mujer morena venía hacia ella. Lo había preparado todo, sabiendo que se sentiría atraída por algo así. Lo supo mientras la observaba en la oscuridad, con ese aire de indiferencia y desgana, pero aún así, cada movimiento que hacía estaba cargado de sensualidad. Tenía que ser suya. Esa noche. Sonrió malévolamente, como a ella le gustaba hacer, cuando la mujer se sentó en el sillón y cerró los ojos. Entonces Aislin entró en acción.


Miranda sintió la presencia. Pero no abrió los ojos. Parecía que no podía. Pero no estaba nerviosa. Al contrario, más bien la invadía un sopor agradable, esperando a lo que le esperaba. Giró la cabeza cuando sintió un susurro al oído, la volvió a girar cuando lo escuchó en el otro. Sonrió cuando le mordieron la oreja y se la lamieron suavemente. Se mordió el labio cuando comenzaron a besarle y morderle el cuello. Miranda no pudo evitarlo, levantó los brazos para coger la cabeza de la persona que le estaba haciendo aquello. Fue cuando tocó su melena, suave, fina. Pero a Miranda no le importó, a pesar de no considerarse lesbiana, ni bisexual. Abrió los ojos y descubrió unos verdes, los más brillantes que había visto en su vida. Unos ojos felinos que la abrasaban. Echó la cabeza hacia atrás y recibió y dio ese beso inverso. Fue una de las sensaciones más eróticas de su vida. SEntía las manos de esa criatura, pues supo que no era humana, tocándole los pechos, bajándole por la cintura, llegando hasta la zona entre sus piernas. Ella misma besó los pechos de la mujer cuando esta se agachaba para tocar a Miranda.


Aislin le ofreció la mano y juntas fueron hacia una de las camas con dosel. Con la otra mano le acariciaba el trasero, las piernas, la espalda y volvía a bajar por su trasero hasta encontrar la unión de sus piernas. La morena gemía, disfrutando de ella como Aislin lo hacía. Se tumbaron en la cama, ya sin ropa. Miranda se tumbó de espaldas, dejando que la mujer hiciera lo que quisiera. Tal y como le gustaba a Aislin. El brillo pícaro de sus ojos embrujó aún más a Miranda, que respiraba entrecortadamente cuando sentía las manos de la especie de bruja vagabundeando por su cuerpo. Un pezón, el costado, el ombligo...y poco a poco bajando hacia el centro de su ser. Miranda jadeaba, excitada como nunca antes lo había estado, pidiendo con su cuerpo que siguiera, que no parara...Aislin introdujo sus largos dedos en el interior de Miranda, mientras le susurraba hechizos eróticos en su propia lengua. Ella misma se excitaba con la excitación de la morena. Sentía lo mismo que ella. Se echó para atrás y se puso entre sus piernas, abriéndoselas todo lo que pudo. Sin dejar de mirarla a los ojos, se agachó y comenzó a lamer la dulce humedad de Miranda. Succionó ese bultito grueso, que latía desesperadamente, esperando el momento culmen, introdujo su traviesa lengua en su interior, gimiendo ella misma cuando oyó el grito de Miranda. Volvió al clítoris, volviéndolo a succionar y a rodear con la lengua, mientras movía sus dedos dentro de ella y fue en ese momento cuando las dos gritaron, llegando juntas al éxtasis. Aislin abrió los ojos para mirar a Miranda, que también la miraba, sonriendo de felicidad y pasión. Su orgasmo aún fue mayor.



"¡Aislin!" oyó la voz antes casi de que esta se produjera en su cabeza. Sabía que estaba amaneciendo. Aislin se apoyó sobre un codo y observó a la conquista de esa noche. Miranda también la miraba, astutamente, con ojos brillantes, interrogantes. Justo cuando iba a hablar, Aislin le puso un dedo sobre los labios y se los acarició con ternura y erotismo.

-Cariño, ha sido una noche maravillosa- le gustó ver la sorpresa en los ojos de la morena al escuchar su voz, ronca y dulce- No nos volveremos a ver, pero a cambio de esta noche te haré un regalo- le puso una mano sobre su mejilla y otra sobre su pecho. Susurró unas palabras en un idioma que Miranda no conocía- Encuentra tu camino, preciosa, y nunca más te sientas vacía, sola o perdida.

Se levantó desnuda de la cama y, ante los atónitos ojos de Miranda, se desvaneció en el aire, con un sonido de pompas de jabón.



Miranda se despertó sobre un sillón negro acolchado, en un almacén iluminado por los rayos de sol que entraban por las grietas. EStaba todo destartalado, sucio y viejo. Sólo el sillón parecía nuevo. No recordaba nada de la noche anterior, sólo que había sido la mejor de su vida...Se levantó extrañada y miró a su alrededor. Cuando miró hacia atrás, el sillón donde minutos antes había despertado tumbada ya no estaba. Se frotó los ojos y salió de allí lo más rápido que pudo. Abrió su cartera y encendió un cigarro. Miró al cielo, sin una nube, tapándose del sol con una mano. Entonces se dio cuenta de que, pasara lo que hubiera pasado esa noche, la había cambiado. Ya no quería más fiestas sin sentido, alcohol y amigos que no lo eran en realidad. Encontraría su rumbo. Miranda comenzó a caminar con la seguridad que la caracterizaba, sonriendo y pensando en todas las posibilidades que se le ofrecían.

La traviesa Aislin (1)

 

 

 

Un callejón oscuro. Un banco iluminado. Un hombre aburrido, hastiado, tumbado en el banco. Fumaba un cigarro con desgana, como si ya nada le importara...De repente, un ligero parpadeo, un sonido tenue, como una pompa de jabón al romperse. Si no fuera por lo concentrado que estaba mirando a su alrededor, no lo hubiera percibido. Esperó, atento y nervioso, a que ese algo que él sabía se escondía en las sombras saliera a la luz.

Aislin llevaba toda la noche observando a ese hombre. Ewan se llamaba. Parecía abatido, hundido, triste...sin ganas de vivir...y eso es lo que realmente le llamó la atención a ella, que tantas ganas tenía de vivir. Le había observado dentro del bar, desde la barra, camuflada parcialmente por unas ropas que no la favorecían demasiado. Ahora, ya fuera, se las había quitado y vestía con su atuendo habitual: seda roja apretada. Cerró los ojos y disfrutó con el tacto de esa suave seda en su cuerpo. Se acarició a sí misma y gimió para sus adentros. De nuevo con los ojos bien abiertos, se centró en Ewan. La había percibido. Eso estaba bien. Aislin decidió salir de las sombras, dio un paso hacia la luz de la farola y luego otro más. Por fin quedó al descubierto y su cara mostró el placer que sentía al ver la cara de perplejidad de su juguetito para esa noche.

Ewan no podía creer lo que estaba viendo. Se estaba empezando a preocupar. No habia bebido tanto como para tener alucinaciones y lo que estaba viendo no podía ser real. Era una mujer...no, un ser...absolutamente perfecto. Desde la larga cabellera castaño rojiza, pasando por esos ojos verdes que le miraban brillantes y divertidos, hasta ese cuerpo perfecto, hecho para satisfacer a cualquier hombre en la faz de la Tierra...y se temía que de todo el cosmos quizás. Pero lo más irreal de todo era su expresión: tenía cara de ángel, pero su expresión era pícara, misteriosa, prometedora...incluso quizás malévola. Como si ya estuviera planeando algo para él.

-¿Quién...o qué eres?- preguntó valiente a ese ser perfecto.

-Cariño...- su voz, dulce y ronca, seducía tanto como su cuerpo. Se sentó a su lado y le acarició la mejilla, dejándole inmóvil por el suave y tentador tacto de su mano- ¿Y eso qué importa?

-¿Qué quieres de mí?

-Mmmmm- ronroneó suavemente- Buena pregunta...- volvió a acariciarle la mejilla, el cuello...-Vengo a proponerte un trato.

-¿Qué...qué tipo de trato?- preguntó Ewan, tragando saliva.

-Uno que nos plazca a los dos, ¿te parece?- le besó en la mejilla- Tu parte del trato será entretenerme esta noche...darme placer...atender a mis deseos...- dijo terminando la frase y le mordió el lóbulo de la oreja.

-¿Y...?

-A cambio, si cumples tu parte del trato, recibirás esas ganas que te faltan para vivir. Inspiración. Ese es mi nombre. ¿Qué te parece?- una gélida ráfaga de viento agitó su melena, y su sensual olor penetró en los sentidos de Ewan.

-Hoy no me apetece mucho...¿No podría ser otro día?

-No, Ewan- dijo Aislin dejándole boquiabierto- Es ahora o nunca.

Pronto el banco iluminado quedó vacío, y la noche silenciosa esperó, impaciente, los juegos de la hermosa y traviesa Aislin.


Ewan, de la mano con Aislin, la seguía ciego, absorto en su etérea belleza. No se dio cuenta de que caminaban por la playa hasta que sintió el agua helada en sus pies. La miró sorprendido, se soltó de su mano y caminó a la arena seca. Desde pequeño le daba miedo el mar de noche. No podía obligarle a meterse...

-Vamos, amor, sumerjámonos en estas tentadoras aguas.

-No, no lo haré. Lo siento.

-Venga...- Aislin se acercó a él, con los ojos brillantes, llenos de decisión. Vio la férrea determinación de Ewan y sonrió. Le encantaban los retos. Se abrazó a él y comenzó a acariciarle, a susurrarle ideas, a seducirle, a tentarle...- Quiero que entres al oscuro mar conmigo, cielo...Y también deseo que me acaricies mientras las olas nos mecen...Entonces me tomarás entre tus brazos y me harás el amor hasta que no puedas más...y yo gritaré...y gritaré...de placer. Y mañana nuestro trato se cumplirá- le decía mientras le lamía y mordía la oreja.


"¡Aislin! ¡Aislin!"

La mañana había llegado, y con ella Aislin tuvo que dejar a su complaciente acompañante nocturno, allí, acurrucadito en la arena, con expresión satisfecha. La travesura de esa noche había sido realmente excitante. Hacía tiempo que tenía ganas de hacerlo con alguien en el mar...de noche. Gimió recordando la placentera noche y se mordió el labio, sonriendo malévolamente. Hizo aparecer un ramillete de margaritas y se las tiró por encima a Ewan, mientras murmuraba una serie de cánticos en su lengua materna. El trato estaba hecho.

"¡Aislin! ¡Aislin!"

-Ya voy, ¡maldita sea! - gritó mientras se evaporaba de la misma forma que había aparecido por la noche. Su familia la llamaba, seguramente para echarle la bronca de todas las mañanas. Y Aislin se comportaría bien y cumpliría su castigo...hasta la próxima noche.



Ewan despertó en la arena, rodeado de margaritas y con unas ganas tremendas de...¿Qué era esa sensación nueva que le recorría de la cabeza a las puntas de los pies? No sabía lo que le había pasado esa noche, se tocó la cabeza intentando encontrar algo, algún atisbo de recuerdo...Nada. De repente, se dio cuenta de qué era eso que sentía distinto esa mañana. Tenía ganas. Ganas de vivir.