La traviesa Aislin (5)
El sol se había puesto hacía horas. La luna brillaba en lo alto del firmamento, poderosa, blanca, pura. Aislin bostezó y miró a su alrededor. No había encontrado mucha diversión esa noche. Casi era medianoche, lo normal hubiera sido encontrarse en medio de una multitud de gente con ganas de fiesta, sexo y alcohol. Pero Aislin se encontraba tumbada en la arena de una playa desierta, sintiendo el agua lamiéndole los dedos de los pies, los pequeños granitos arañándole el cuerpo, escuchando el sonido de las olas al romper contra la playa...Unas voces la sacaron de su sopor. La hembra se incorporó y escuchó atentamente. Su instinto le decía que podía encontrar una buena presa para divertirse esa noche. Al parecer, no iba a ocurrir que se aburriera en el mundo humano. Esperaba que no llegase el día.
Apareció en medio del bullicio de una enorme ciudad. La gente bailaba, reía, coqueteaba, se manoseaban...Ella casi pasaba desapercibida. Aislin sonrió. Casi. Se había aparecido con un vestido rojo ajustado, muy corto, y sus pies enfundados en unos vertiginosos zapatos de tacon negros. Dio un paso y tres pares de ojos se fijaron en ella, sonriendo con aceptación, con lujuria...con deseo. Se puso a andar en dirección a la barra y a cada paso más y más personas la miraban con evidente adoración. Le encantaba el efecto que producía tanto en hombres como en mujeres. Una fémina se le acercó moviendo las caderas, su larga melena rubia le llegaba a la mitad de la espalda y su vestido negro semitransparente le tapaba poco más que el trasero. Le sonrió insinuante y Aislin le devolvió la sonrisa. Se volvió al camarero y pidió una copa. Al darse la vuelta, la mujer estaba enrollándose con un hombre alto y musculoso, bastante atractivo. Con la intención de ir a buscar diversión en otra parte, y sin sentirse ofendida en absoluto, Aislin cogió su copa, pero la pareja despegó sus labios y la miró en una clara invitación. La hembra sonrió y agradeció a la noche por esos dos especímenes que le había ofrecido.
Dos minutos. Dos miserables minutos antes de quedar condenado a pasar toda su vida en esa mierda de mundo. Había seguido el rastro de Aislin, casi había gritado de alegría cuando la había encontrado en la playa, sabiendo que si se aburría podría convencerla de volver pero justo en el momento en que iba hacia ella, desapareció. Y apareció en esa sala llena de gente magreándose. Por lo menos una docena de mujeres ya se le habían insinuado. Y él se estaba cansando. Con tanta gente, no conseguía localizar...Y entonces la vio. Sus pequeñas pero elegantes manos acariciaban los cuerpos de una mujer y un hombre. Estaba besando a la mujer mientras el hombretón le mordía el cuello. Zacharias apretó los puños y se dirigió hacia ellos.
Aislin estaba disfrutando de lo lindo con esos dos humanos, apretando las duras nalgas del hombre o acariciando los suaves pero firmes pechos de la mujer. Pero unas voces de féminas la sacaron de su burbuja de placer.
-Mi amor...¿no estás libre esta noche?
-¿Tienes novia, macizorro?
-Te aseguro que no te arrepentirás...
Las mujeres ronroneaban alrededor de un hombre y Aislin no pudo evitar la tentación de saber quién era. Estaba llamando incluso más la atención que ella. ¿Quién podía ser? Se apartó de la pareja y les dejó entretenidos mientras ella se acercaba al aglomerado de gente. Entonces pudo ver un gran pecho cubierto por una cazadora de cuero. Alzó la mirada para encontrarse con la cara de quien ya se imaginaba que era. Sólo un macho podía atraer esa atención y resultar inmune a los halagos.
-Zacharias- su voz casi sonó débil. No se esperaba verle allí. ¿Habría venido por ella?
-Aislin- su ceño estaba más fruncido que nunca. La cogió del brazo y tiró de ella- Nos vamos.
El tono autoritario e irascible con el que pronunció esas palabras sacó a Aislin de sus casillas. Se revolvió y se enfrentó a él.
-Tú no me dices lo que tengo que hacer- se zafó de su brazo y cruzó los suyos en el pecho.
-Debes ir a casa, Aislin- le dijo en un susurró- Si no, te arrepentirás el resto de tu vida.
-Vamos, Zac, ni siquiera es medianoche.
-Quedan cinco minutos.
-Exacto. Sería una deshonra para mí. A medianoche empieza la verdadera diversión- puso la voz ronca, ronroneante, y le acarició el brazo. Zacharias la apartó furioso, la miró impotente, respiró hondo y apretó la mandíbula. Odiaba cuando Aislin fingía ante él.
-Te lo diré por última vez, Aislin. Vuelve a casa. Ahora- Zac abandonó la furia y la miró solemne. La hembra echó el pelo por encima de la cabeza.
-No me apetece. Te lo diré por última vez, Zac. ¡Nadie me da órdenes!- y se dio la vuelta, altanera, perdiéndose entre la multitud.
-Que así sea, entonces- dijo Zac por lo bajo. Se dio la vuelta y salió de ese apestoso cubículo.
Aislin había decidido ir andando hacia la playa. Le encantaba caminar sobre la arena. Le hacía cosquillas en los pies. Llevaba los tacones en la mano, pues los pies se le habían quedado muy cansados después de... La hembra se paró en seco. Ella nunca terminaba cansada. Siempre aguantaba con los tacones toda la noche. Sus poderes se lo permitían. Podía aguantar mejor el dolor que los humanos...Aislin frunció el ceño y sacudió la cabeza. Esa noche había sido agitada. El encontrarse con Zacharias la había alterado y había multiplicado las cosas por tres, por lo que encontró parcialmente normal eso de estar más cansada de lo habitual. Una ola le lamió los dedos de los pies y Aislin sonrió. Caminó un poco más por la orilla y luego se sentó con una pesadez impropia de ella en la arena seca. Se recostó y cerró los ojos, cansada. Pensó en su gran cama con dosel, en la paz de su mundo, y sonrió. Era hora de volver a casa.
Abrió los ojos con fuerza. Normalmente, con sólo pensar en ello simplemente se desvanecía y aparecía en su mullida cama. Tocó la arena con la punta de los dedos y notó que tenía la ropa húmeda y que estaba empezando a tiritar. Ella nunca tenía frío. ¿Qué estaba pasando? Se incorporó sobre los codos e intentó concentrarse para cambiarse de ropa. No consiguió nada. Se cogió la cabeza con las manos y comenzó a respirar entrecortadamente. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué no tenía sus poderes? Recordó las palabras de Zacharias. ¿Tenía él algo que ver en todo aquello?
-Mamá. ¡Papá! Dadme una explicación. Os lo ruego. ¡Maldita sea!- dio una patada en la arena y se echó, dejando las lágrimas caer por sus pálidas mejillas.
Aislin escuchó el sonido de unos pasos amortiguados por la arena. No eran pompas de jabón. Se acercaba un humano. Y no tenía intención alguna de soportar presencia humana. No en ese momento de frutración y desconsuelo. Se secó las lágrimas y giró la cabeza, alzando con altanería la barbilla. Abrió la boca, ahogando un grito de sorpresa, se levantó al vuelo y se quedó de pie frente al humano. Un humano desconocido y al mismo tiempo al que conocía muy bien.
-¿Qué haces tú aquí...así?- ella sabía que él la entendería. Zacharias tenía una expresión indiferente en el rostro. Se le veía tranquilo, justo lo contrario a ella.
-Las cosas han cambiado. Te advertí.
-¿De qué estás hablando, Zac?
-Se te ha dado la última oportunidad. El consejo ha decidido. Si tanto te gustan los humanos, te quedarás con ellos. Para siempre.
-¿Qué?- gritó Aislin, y movió las manos de un lado a otro, colocándolas en su cabeza-¡Maldita sea! ¡No me han dado a elegir!
-Te han advertido un millar de veces, y no has hecho caso. Siempre respondías con lo mismo. Te gustaba este mundo. Así que te han permitido quedarte en él.
-¿Para siempre? Joder, Zac. Una cosa es diversión y otra distinta es estar atrapada en este mundo.
-Lo siento, Aislin. Pero esta es la realidad.
Aislin se quedó callada, digiriendo las palabras de Zacharias. ¿Una vida humana? ¿Para siempre? Los escalofríos la estaban atormentando. La humedad de la arena le había calado los huesos, y la frustración que en ese momento sentía amenazaba con hacerla explotar. Era una jodida locura. No sobreviviría en ese mundo. No lo aguantaría. Tenía que haber una solución. El consejo la perdonaría y la dejaría volver. Sí, tenía que ser eso.
-¿Y tú?
-¿Y yo, qué?- preguntó el hombre.
-¿Qué haces aquí? ¿También has sido condenado?
-Algo así. Pero no de la misma manera que tú- y dicho eso, se giró y dio media vuelta. Aislin no le llamó, no tenía fuerzas para ello. Sólo sabía que no podía volver a su mundo y que Zac estaba atrapado con ella. ¿Qué sería de ellos?
¿Ellos? Aislin no sabía si reír o llorar al pensar en que hacía unos días había creído que Zac y ella podían ayudarse mutuamente. No le había vuelto a ver. Era como si se lo hubiera tragado la tierra. De lo que estaba segura era de que él no había vuelto a su mundo. Seguía allí, con los humanos. Quizás en una orgía con cuatros rubias. Aislin apretó los puños y se mesó el cabello. Los últimos días había dormido en un buen hotel. Aunque ella le borraba la memoria a los humanos con los que se relacionaba, estos seguían de alguna manera ligados a ella. Una mujer con la que hacía unos meses había tenido un apasionado encuentro era la encargada de un hotel y, ya que tenían solamente una habitación sin alquilar, decidió amablemente (aunque la persuasión de Aislin había contado bastante) prestársela por unas noches.
Pero las noches habían pasado, y la guapa mujer le dijo en un tono amable pero firme qu debía irse cuanto antes. Aislin bufó y se echó el pelo hacia atrás. Había permanecido escondida del mundo. Maldita sea. No tenía dinero, ropa, ni un techo donde dormir. ¿Cómo querían que se las arreglara? Todavía le quedaban unas horas en la habitación, así que iba a darse un largo baño caliente. Y cuando ella decía largo, eso era exactamente. Largo. Ojalá les pudiera dejar sin agua, por avariciosos. Canturreando, se preguntó cuánto tiempo más tendrían pensado castigarla por su amor a los humanos. Decidió que no mucho más. Habían pasado cuatro largos días. Seguro que sus padres la echaban terriblemente de menos.
El sonido del timbre la sacó de sus pensamientos. Sonriendo, se levantó de la bañera, se puso un albornoz medio abrochado, dejando entrever gran parte de su escote y abrió la puerta. El botones la miró con la boca abierta y ojos desorbitados. Aislin sonrió con picardía. Pero el chico le dejó el paquete en las manos y se alejó por el pasillo casi corriendo. Frunció el ceño y cerró la puerta. Si eso le hubiera pasado hacía cinco días, ese chico no había vuelto al trabajo. Se habría quedado complaciéndola. ¡Maldita sea! ¿También era parte de la magia su encanto? No podía ser. Siempre se había considerado una mujer atractica, sensual, mágica. Joder. Necesitaba la seguridad de su magia. Se tiró en la cama y aguantó las ganas de llorar. Jodidas lágrimas, aparecían a cada hora. Abrió el paquete y frunció el ceño. Dos pares de vaqueros, un suéter, una camiseta, unas zapatillas de deporte y una cazadora. Y encima de todo un sobre con doscientos euros. Olió la ropa. Olía a nueva. Pero ella pudo detectar algo más. Olía a Zac.
Una nota al final del paquete le confirmó sus sospechas. Aislin apretó la mandíbula y la tiró a la papelera en cuanto la leyó. Maldita sea, maldita sea....
Poco a poco se irá acabando la suerte, te aconsejo que te "pongas las pilas" y te busques ya un trabajo que te dé de comer. ¿Creías que era un juego? ¿Una broma del consejo? Bienvenida a la cruda realidad. Bienvenida al mundo humano, pequeña.
El grito de rabia escuchó en el pasillo, asustando a la encargada de la limpieza. Aislin se metió de nuevo en la bañera y se sumergió por completo. Quizás si se ahogaba ahora impediría todas las penurias que sabía le aguardaban.

